
El concepto de sostenible surge por vía negativa, como resultado de los análisis de la situación
del mundo, que puede describirse como una «emergencia planetaria» (Bybee, 1991), como una
situación insostenible que amenaza gravemente el futuro de la humanidad.
“Un futuro amenazado” es, precisamente, el título del primer capítulo de Nuestro futuro común,
el informe de la Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo, conocido como Informe
Brundtland (cmmad, 1988), a la que debemos uno de los primeros intentos de introducir el concepto
de sostenibilidad o sustentabilidad: «El desarrollo sostenible es el desarrollo que satisface las
necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para
satisfacer sus propias necesidades».
Se trata, en opinión de Bybee (1991), de «la idea central unificadora más necesaria en este momento
de la historia de la humanidad», aunque se abre paso con dificultad y ha generado incomprensiones
y críticas que es preciso analizar.
Una primera crítica de las muchas que ha recibido la definición de la CMMAD es que el concepto
de desarrollo sostenible apenas sería la expresión de una idea de sentido común (sostenible vendría
de sostener, cuyo primer significado, de su raíz latina “sustinere”, es “sustentar, mantener
firme una cosa”) de la que aparecen indicios en numerosas civilizaciones que han intuido la necesidad
de preservar los recursos para las generaciones futuras.
Es preciso, sin embargo, rechazar contundentemente esta crítica y dejar bien claro que se trata
de un concepto absolutamente nuevo, que supone haber comprendido que el mundo no es tan
ancho e ilimitado como habíamos creído. Hay un breve texto de Victoria Chitepo, Ministra de
Recursos Naturales y Turismo de Zimbabwe, en Nuestro futuro común (el informe de la CMMAD)
que expresa esto muy claramente: «Se creía que el cielo es tan inmenso y claro que nada podría
cambiar su color, nuestros ríos tan grandes y sus aguas tan caudalosas que ninguna actividad
humana podría cambiar su calidad, y que había tal abundancia de árboles y de bosques naturales
que nunca terminaríamos con ellos. Después de todo vuelven a crecer. Hoy en día sabemos más.
El ritmo alarmante a que se está despojando la superficie de la Tierra indica que muy pronto
ya no tendremos árboles que talar para el desarrollo humano». Y ese conocimiento es nuevo: la
idea de insostenibilidad del actual desarrollo es reciente y ha constituido una sorpresa para la
mayoría. Y es nueva en otro sentido aún más profundo: se ha comprendido que la sostenibilidad
exige planteamientos holísticos, globales; exige tomar en consideración la totalidad de problemas
interconectados a los que la humanidad ha de hacer frente y que sólo es posible a escala planetaria,
1. La sostenibilidad como [r]evolución
cultural, tecnocientífica y política
porque los problemas son planetarios: no tiene sentido aspirar a una ciudad o un país sostenibles
(aunque sí lo tiene trabajar para que un país, una ciudad, una acción individual, contribuyan a la
sostenibilidad). Esto es algo que no debe escamotearse con referencias a algún texto sagrado más
o menos críptico o a comportamientos de pueblos muy aislados para quienes el mundo consistía
en el escaso espacio que habitaban.
Una idea reciente que avanza con mucha dificultad, porque los signos de degradación han sido hasta
recientemente poco visibles y porque en ciertas partes del mundo los seres humanos hemos visto
mejorados notablemente nuestro nivel y calidad de vida en muy pocas décadas.
La supeditación de la naturaleza a las necesidades y deseos de los seres humanos ha sido vista siempre
como signo distintivo de sociedades avanzadas, explica Mayor Zaragoza (2000) en Un mundo
nuevo. Ni siquiera se planteaba como supeditación: la naturaleza era prácticamente ilimitada y se
podía centrar la atención en nuestras necesidades sin preocuparse por las consecuencias ambientales
y para nuestro propio futuro. El problema ni siquiera se planteaba. Después han venido las
señales de alarma de los científicos, los estudios internacionales… pero todo eso no ha calado en
la población, ni siquiera en los responsables políticos, en los educadores, en quienes planifican y
dirigen el desarrollo industrial o la producción agrícola…
Mayor Zaragoza señala a este respecto que «la preocupación, surgida recientemente, por la preservación
de nuestro planeta es indicio de una auténtica revolución de las mentalidades: aparecida en
apenas una o dos generaciones, esta metamorfosis cultural, científica y social rompe con una larga
tradición de indiferencia, por no decir de hostilidad».
Ahora bien, no se trata de ver al desarrollo y al medio ambiente como contradictorios (el primero
“agrediendo” al segundo y éste “limitando” al primero) sino de reconocer que están estrechamente
vinculados, que la economía y el medio ambiente no pueden tratarse por separado. Después de la
revolución copernicana que vino a unificar Cielo y Tierra, después de la Teoría de la Evolución,
que estableció el puente entre la especie humana y el resto de los seres vivos… ahora estaríamos
asistiendo a la integración ambiente-desarrollo (Vilches y Gil, 2003). Podríamos decir que, sustituyendo
a un modelo económico apoyado en el crecimiento a ultranza, el paradigma de economía
ecológica o verde que se vislumbra plantea la sostenibilidad de un desarrollo sin crecimiento, ajustando
la economía a las exigencias de la ecología y del bienestar social global (Ver crecimiento
económico y sostenibilidad).
Son muchos, sin embargo, los que rechazan esa asociación y señalan que el binomio “desarrollo
sostenible” constituye un oxímoron, es decir, la unión de dos conceptos contrapuestos, una contradicción
en suma, una manipulación de los “desarrollistas”, de los partidarios del crecimiento económico,
que pretenden hacer creer en su compatibilidad con la sostenibilidad ecológica (Naredo,
1998; García, 2004; Girault y Sauvé, 2008).
La idea de un desarrollo sostenible, sin embargo, no tiene nada que ver con ese desarrollismo y
significa, como señala Maria Novo (2006), «situarse en otra óptica; contemplar las relaciones de
la humanidad con la naturaleza desde enfoques distintos». Se trata de un concepto que parte de
la suposición de que puede haber desarrollo, mejora cualitativa o despliegue de potencialidades,
sin crecimiento, es decir, sin incremento cuantitativo de la escala física, sin incorporación de mayor
cantidad de energía ni de materiales. Con otras palabras: es el crecimiento lo que no puede
DOCUMENTOS DE TRABAJO | N.
o
01
Década de la educación para la sostenibilidad. Temas de Acción Clave
12 La sostenibilidad como [r]evolución cultural, tecnocientífica y política
continuar indefinidamente en un mundo finito, pero sí es posible el desarrollo. Posible y necesario,
porque las actuales formas de vida no pueden continuar, deben experimentar cambios cualitativos
profundos, tanto para aquéllos (la mayoría) que viven en la precariedad como para el 20% que vive
más o menos confortablemente. Y esos cambios cualitativos suponen un desarrollo (no un crecimiento)
que será preciso diseñar y orientar adecuadamente.
Precisamente, otra de las críticas que suele hacerse a la definición de la CMMAD es que, si bien
se preocupa por las generaciones futuras, no dice nada acerca de las tremendas diferencias que se
dan en la actualidad entre quienes viven en un mundo de opulencia y quienes lo hacen en la mayor
de las miserias. Es cierto que la expresión «… satisface las necesidades de la generación presente
sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades»
puede parecer ambigua al respecto. Pero en la misma página en que se da dicha definición
podemos leer: «Aun el restringido concepto de sostenibilidad física implica la preocupación por la
igualdad social entre las generaciones, preocupación que debe lógicamente extenderse a la igualdad
dentro de cada generación». E inmediatamente se agrega: «El desarrollo sostenible requiere
la satisfacción de las necesidades básicas de todos y extiende a todos la oportunidad de satisfacer
sus aspiraciones a una vida mejor». No hay, pues, olvido de la solidaridad intrageneracional (Ver
reducción de la pobreza).
Nada justifica, pues, que se califique el concepto de desarrollo sostenible como una nueva mistificación
del Norte para continuar alegremente sus prácticas de crecimiento insostenible e insolidario
(aunque en la mente de algunos empresarios y políticos anide esta significación) y, en definitiva,
no tiene sentido ver la educación para la sostenibilidad, tal como la hemos caracterizado, como
contrapuesta a la educación ambiental; al contrario, como afirma María Novo (2009) refiriéndose
a esta última, «no podemos dudar de su condición de instrumento insustituible para el desarrollo
sostenible».
Algunos cuestionan la idea misma de sostenibilidad en un universo regido por el segundo principio
de la termodinámica, que marca el inevitable crecimiento de la entropía hacia la muerte térmica
del universo. Nada es sostenible ad in eternum, por supuesto… y el Sol se apagará algún día… Pero
cuando se advierte contra los actuales procesos de degradación a los que estamos contribuyendo,
no hablamos de miles de millones de años sino, desgraciadamente, de unas pocas décadas. Preconizar
un desarrollo sostenible es pensar en nuestra generación y en las futuras, en una perspectiva
temporal humana de cientos o, a lo sumo, miles de años. Ir más allá sería pura ciencia ficción. Como
dice Ramón Folch (1998), «El desarrollo sostenible no es ninguna teoría, y mucho menos una
verdad revelada (…), sino la expresión de un deseo razonable, de una necesidad imperiosa: la de
avanzar progresando, no la de moverse derrapando». Hablamos de sostenibilidad “dentro de un
orden”, o sea en un período de tiempo lo suficientemente largo como para que sostenerse equivalga
a durar aceptablemente y lo bastante acotado como para no perderse en disquisiciones.
Cabe señalar que todas esas críticas al concepto de desarrollo sostenible no representan un serio
peligro; más bien, utilizan argumentos que refuerzan la orientación propuesta por la CMMAD y
el “Plan de Acción” de Naciones Unidas (Agenda 21) y salen al paso de sus desvirtuaciones. El autentico
peligro reside en la acción de quienes siguen actuando como si el medio pudiera soportarlo
todo… que son, hoy por hoy, la inmensa mayoría de los ciudadanos y responsables políticos. No se
explican de otra forma las reticencias para, por ejemplo, aplicar acuerdos tan modestos como el de
Kioto para evitar el incremento del efecto invernadero. Ello hace necesario que nos impliquemos
DOCUMENTOS DE TRABAJO | N.
o
01
Década de la educación para la sostenibilidad. Temas de Acción Clave
13 La sostenibilidad como [r]evolución cultural, tecnocientífica y política
decididamente en esta batalla para contribuir a la emergencia de una nueva mentalidad, una nueva
forma de enfocar nuestra relación con el resto de la naturaleza. Como señala Sachs (2008, p.120),
«tendremos que apreciar con urgencia que los desafíos ecológicos no se resolverán por sí solos ni
de forma espontánea (…) la sostenibilidad debe ser una elección, la elección de una sociedad global
que es previsora y actúa con una inusual armonía».
Se hace necesario, a este respecto, precisar el alcance que damos a esta elección por la sostenibilidad.
De hecho se distingue entre sostenibilidad débil y sostenibilidad fuerte (también denominada
profunda o radical). La primera considera que el capital natural puede ser sustituido por capital
humano, fruto del desarrollo tecnocientífico, con tal de que el nivel total permanezca constante;
el criterio de sostenibilidad fuerte, en cambio, toma en consideración la existencia de un capital
natural crítico que no puede sustituirse por el humano. Este capital natural crítico puede definirse
entonces como capital natural que es responsable de funciones medioambientales esenciales y
que no puede sustituirse por capital humano. Naturalmente, en ocasiones resulta difícil determinar
hasta qué punto la capacidad de dar lugar a los flujos de bienes y/o servicios de determinado
capital natural puede ser sustituido por capital humano. Pero eso mismo obliga a aplicar el
principio de precaución y a conservar y proteger dicho capital natural como crítico mientras no
haya plenas garantías de su posible sustitución por capital humano. Se trata, pues, de optar por
la sostenibilidad fuerte.
Sería iluso, en definitiva, pensar que el logro de sociedades sostenibles es una tarea simple. Se
precisan cambios profundos que explican el uso de expresiones como “revolución energética”,
“revolución del cambio climático”, etc. Mayor Zaragoza (2000) insiste en la necesidad de una
profunda revolución cultural y la ONG Greenpeace ha acuñado la expresión [r]evolución por la
sostenibilidad, que muestra acertadamente la necesidad de unir los conceptos de revolución y evolución:
revolución para señalar la necesidad de cambio profundo, radical, en nuestras formas de
vida y organización social; evolución para puntualizar que no se puede esperar tal cambio como
fruto de una acción concreta, más o menos acotada en el tiempo.
Dicha [r]evolución por un futuro sostenible exige de todos los actores sociales romper con:
• Planteamientos puramente locales y a corto plazo, porque los problemas sólo tienen solución
si se tiene en cuenta su dimensión glocal (a la vez local y global).
• La indiferencia hacia un ambiente considerado inmutable, insensible a nuestras “pequeñas”
acciones; esto es algo que podía considerarse válido mientras los seres humanos éramos unos
pocos millones, pero ha dejado de serlo con más de 6500 millones.
• La ignorancia de la propia responsabilidad: por el contrario, lo que cada cual hace –o deja de
hacer- como consumidor, profesional y ciudadano tiene importancia.
• La búsqueda de soluciones que perjudiquen a otros: hoy ha dejado de ser posible labrar un
futuro para “los nuestros” a costa de otros; los desequilibrios no son sostenibles.
